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Ojalá hubiésemos sido más cobardes

Mi pretensión con estas líneas es dejar reflejo de lo que ha ocurrido y está ocurriendo, para que cuando todo esto pase, que sin duda lo hará, queden impresas estas letras en mi pequeño rincón.

Mi caso, es uno de esos afortunados en esta pandemia, ya que, de momento, y no voy a cantar victoria porque queda un largo camino, no he de lamentar muertes cercanas, aunque me temo que al final de la historia todos tendremos alguna.

Si, y digo muertes, porque es lo que está ocurriendo mientras cantamos y bailamos canciones que entiendo deben aliviar el alma. La gente se muere, como ha ocurrido siempre, dejando de respirar… O como nunca, opinarán otros, en la máxima soledad.  Lamentablemente hemos llegado a normalizar cifras de 300 muertos diarios; incluso lo celebramos por todo lo alto porque distan de los 900 que hemos llegado a registrar. El ser humano es capaz de normalizarlo todo, eso me ha quedado claro en estos días.

Yo me contagie del virus Covid -19 haciendo lo que más me gusta: un parto.  Me aislaron tan rápido que seguramente sea una de los pocos sanitarios que hice la cuarentena de manera adecuada, pasé mis síntomas leves, confirmé que era inmune y fin de mi historia. Entre las paredes de mi hogar, quedó la angustia del contagio inevitable del hombre de mi vida y de mis amadas hijas, y aunque eso es otra historia, aquí es precisamente donde quiero detenerme.

Dedicado a quienes estén leyendo estas palabras: a ustedes que aplauden cada día a las ocho de la tarde, y sé que lo hacen con la mejor de las intenciones… A todos les digo, que lo siento, pero en mi caso y en el de muchos de mis compañeros, no nos vale.

¿Y saben por qué? Porque lo único que resuena en los tímpanos de los sanitarios es el miedo, del cual solo estamos inmunizados cuando hablamos del que nos atañe a nosotros mismos, pero no cuando se refiere a la gente a la que amamos.  Imagínense, si es que pueden, la culpabilidad que tendrán que cargar las conciencias de los que contagien a familiares y de esa fatídica ecuación, resulte la perdida de sus seres queridos: ese dolor no se calma con aplausos, créanme.

El sentimiento que envuelve al colectivo sanitario es el de una tormenta en alta mar: imaginen olas de 10 metros, un barco con sus enormes velas intentando evitar el naufragio, el crujido de los mástiles rompiendo al chocar contra las paredes de agua, el empujón final que hace voltear ese barco, doblegando todo y a todos, llenando compartimentos a raudales sin poder hacer nada hasta que la mar engulle cualquier resto de lo que antes era una nave. Y después: la soledad, la nada.

En ocasiones, algún marinero despertaba en alguna orilla donde la corriente le había arrastrado moribundo. Entonces, los rayos filtrados entre las nubes le hacían entender que había sobrevivido al naufragio. Frente a un mar desconocido, no quedaba más remedio que intentarlo de nuevo, armarse de valor y volver enfrentarse a la realidad que tenían delante.

Y así es como lo entiendo yo también. Tenemos la obligación de seguir intentándolo, de mirar hacia un futuro que, aunque incierto, debe resultar esperanzador. Es como esa mar en falsa calma, que aun sin saber cuándo volverá a enfurecerse, resulta ser la única oportunidad de sobrevivir.

En unos meses se llenarán los periódicos de medallas colgadas a personas que presumirán de haber sacado nuestra nave a flote, de remolcar hasta la orilla a todos los que pudieron , de habernos infundado el tan deseado soplo de la vida.

En esta historia, los únicos héroes son los que han combatido cuerpo a cuerpo, sin más protección que su valor. Y ya lo sabemos todos:  de valientes están llenos los cementerios. Yo nunca he querido ser una heroína, tan solo he pretendido  ser médico.

Desde aquí me uno al dolor, a la rabia, a la desesperación de los que cada día tendrán que despertar echando de menos a alguien, sabiendo que la espera no los hará regresar. Para todos los que no podrán volver a ver a sus hijos, ver nacer a sus nietos, cambiar pañales, enamorarse, sonreír, besar, acariciar, sonrojarse, entristecerse, llorar, soñar…Para estos últimos, una única frase: ojalá hubiéramos sido más cobardes, ojalá hubiéramos tenido menos en cuenta nuestros juramentos hipocraticos, que solo nos recuerdan cuando conviene a algunos. Ojalá hubiéramos dicho un:  Así no, sin escudos no vamos a la guerra.

Para algunos seremos unos valientes, para solo unos pocos habremos sido unos inconscientes. Eso sí, durante unos días, semanas, meses tendremos agradecimientos y elogios. Cuando todo esto pase me quedara la duda de si lo pudimos hacer de otra forma, de alguna que no nos hubiera obligado a quitar la vida a quienes todo nos habían dado.

Solo deseo que la calma llegue a nuestros corazones y volvamos a poder sonreír, doliéndonos un poco menos cada día, el vacío que dejan  los que ya no estarán con nosotros.

 

 

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