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La sombra de mi otro Yo

Cuando una mujer se convierte en madre, pierde una parte de ella. No quiero herir sensibilidades, ya que muchas de vosotras pensareis que solo habéis ganado cosas con la maternidad. Estas letras van destinadas a aquellas que en algún momento echan de menos a ese otro Yo.  Hay veces que paso segundos del día buscándolo…y cada día que pasa soy consciente de que empiezo a recordarlo con menos nitidez; reconozco que empieza a estar algo borroso en mis pensamientos.

Recuerdo que sonreía más y tenía menos miedo. También que me comía el mundo y plantaba una bandera allá donde quería.  Por aquel entonces me hacía gracia el amor que profesaba a mi perro, creyendo que el tener un hijo sería algo parecido, y aunque lo adoro, estaba totalmente equivocada.  Una parte grande de mi mundo lo compartía con mi compañero de viaje, y cuando en la noche rozaba su piel, creía que no había nada comparable. Dormía en paz, y esperaba el siguiente amanecer con ilusiones y proyectos, tanto personales como laborales. Crecía sin parar, vivía queriendo llegar a ser más de lo que era cada noche que me acostaba. Cada reto se quedaba corto en aquel entonces.

Mientras mi primera hija crecía en mi interior, no me daba cuenta de que todo iba a cambiar. Cuando mis amigas me decían que mi vida de pareja no seria igual, yo las miraba con extrañeza, buscaba el cobijo de mi compañero y pensaba: a nosotros no nos pasara nada de lo que esta gente nos cuenta. ¡No temas! Pero claro, que no contaba con la parte de mí, que estaba a punto de perder.

Si me preguntáis si estaría dispuesta a volver a perderla, la contestación es que sí.  Estaría dispuesta a volver a hacerlo, pero no os diré que no echo de menos a mi otro Yo.  Lo extraño a rabiar, y os confieso que hay días en los que lo llamo a gritos desesperada…a sabiendas de que no va a regresar.

A mi primera hija le costó un poquito adaptarse a sus primeros minutos de vida…la angustia que me invadió fue como un tsunami, el agua arrastró todo el egoísmo que había en mí. Se llevó mis años de tranquilidad, parte de mi dulzura y en su lugar sembró el miedo. Así, de repente, en unos segundos y sin pedir permiso. Y aunque sale el sol, a mi me ha quedado el miedo de observar el retroceso del agua en la orilla que pueda hacer prever que llegue otro de nuevo.

Con mi segunda hija el tsunami no apareció, en su lugar solo había agradecimiento al hecho de que sus ojitos habían visto la luz de un nuevo día. El miedo ya estaba, me había acostumbrado a convivir con él.

Con mi tercera hija, no hubo lugar a nada mas que la tristeza cuando supimos que no llegaría a ver este mundo. Fue una lección de vida que nos dio, y de amor, mucho amor.

Antes me daba igual enfermar. Bien sabe Dios que pensaba que había sido afortunada al tener una vida llena de aventura y felicidad. Ahora quiero más, quiero verlos crecer, quiero sus desamores, quiero ver sus proyectos, compartirlos, ayudarlas a ser mejores. Quiero que me hagan abuela (a los 33 años, como suelo decirles entre risas), en definitiva, lo quiero TODO.

Y entre tanta montaña rusa…de vez en cuando vislumbro paseando cerca de mí la sombra de mi otro YO. Lo veo intentando acercarse, incluso de vez en cuando, me hace cosquillas en el estomago cuando me sorprendo recordando como era hace unos años, cuando nada me preocupaba, cuando tenía tiempo de leer todas las novelas del mundo, cuando hacer deporte no era una lucha, sino una diversión, cuando tenía tiempo de peluquería, manicuras y masajes sin remordimientos.

Ahora cada minuto que tengo (que reconozco son menos de los que me gustaría) corro a estar con ellas, corro y corro…Porque las madres es lo que hacemos, correr de una parte hacia otra todo el santo día. Y corremos no por poner los glúteos duros, que a veces también (pero no como antes) ,sino porque da igual lo que hagamos que siempre tenemos la sensación de llegar tarde a todo.

El ser madre lleva implícito la mayoría de las veces dejar de pensar en una misma; no se si es un gesto de amor, pero en ello, decimos adiós a ese Yo del que os hablaba. Decimos adiós a tantos momentos que dedicamos a nuestra pareja para consolarnos ambos con pequeñas migajas. A veces inevitablemente llegan los reproches, los enfados, los gritos…y como no, el pensar en ocasiones en que alguien nos devuelva nuestras antiguas vidas. Y por ello y por tu paciencia, te aprecio amor mío, a ti que me acompañas de la mejor manera que sabes.

Pero mi Yo, no volverá. Porque cuando una es madre, una se llena de amor, de devoción a sus hijos, de sacar fuerzas en las interminables noches de llantos, de paciencia para consolarlos. También de miedo, mucho miedo a perderlos, porque de sobra sabemos que sin ellos ningún amanecer tendrá la misma luz. Sin ellos, preferimos la oscuridad total.

Así que, estas líneas van dedicadas a todas las madres que no saben dónde está su Yo, ese al   que apenas recuerdan. Quizás hubo un tiempo mejor, uno en el que como os decía al principio sonreíamos más y nos enfadábamos menos, nos veíamos más guapas y delgadas, nos queríamos más… O quizá no.  Igual vivíamos en un espectro diferente de colores, y ahora con paciencia, seamos capaces de hacer nuestro propio cuadro a medida. Igual lo único que necesitamos es pintar nuestro mejor retrato, aunque ello conlleve desdibujarse continuamente, adaptarnos y seguir mirando al frente.

Os recomiendo dejar de mirar hacia lo que fuisteis y fijaros en la gran mujer en la que os podéis convertir.  ¿Se puede sonreír menos y a la vez ser más feliz? No sabría qué deciros, me entra de repente la duda.  Supongo que el tiempo nos irá devolviendo poco a poco un reflejo de lo que fuimos, y nos dejara de doler, porque ya no lo anhelaremos. Con suerte nos habremos convertido en unas ancianas, casi perfectas.

Con todo mi cariño, a todas las mamás que se echan de menos a ellas mismas en algún momento del día.

 

 

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